David Robert Mitchell, el autor de It Follows, se pasa al gran espectáculo con The End of Oak Street, una fantasía de dinosaurios y periferia americana producida por J. J. Abrams. Entretenida y bien facturada, pero atrapada entre dos películas que nunca acaban de convivir: una comedia negra que se ríe de los tópicos del cine familiar y una aventura ochentera que se los toma en serio.

Entré a ver The End of Oak Street con la curiosidad que despierta cualquier proyecto de David Robert Mitchell. It Follows me pareció uno de los grandes títulos de terror de la última década, una película capaz de convertir una premisa mínima en una angustia física, geométrica, imposible de sacudirse. Under the Silver Lake me pareció fascinante, un divertimento libre y gamberro que mostraba el gran talento del director. Por eso me interesaba ver qué haría Mitchell con un presupuesto grande, dinosaurios de varias toneladas y J. J. Abrams como productor detrás. La respuesta, adelanto, es agridulce: hay oficio, hay ritmo y hay algunos aciertos, pero también la sensación de que el envoltorio del blockbuster ha limado buena parte de su toque personal.
La película parte de una idea estupenda por lo disparatada. Verano de 1982. Los Platt son un matrimonio no demasiado feliz que vive con sus dos hijos en Oak Street, una calle residencial de manual. Una noche una luz misteriosa lo inunda todo y, al amanecer, el vecindario se ha quedado sin luz ni agua. Pronto descubren que un fenómeno cósmico ha arrancado literalmente su calle de la periferia y la ha depositado en plena era prehistórica: la jungla invade los jardines traseros, el final de la calle se corta en un acantilado y el barrio entero pasa a compartir hábitat con unos dinosaurios muy poco veganos. Warner estrena la función en salas e IMAX, con sus escuetos 99 minutos, como quien sabe que tiene entre manos un divertimento de verano y no pretende otra cosa.
Y aquí está mi principal reparo. A mí me dio la sensación de que dentro de The End of Oak Street conviven dos películas distintas que se estorban. Una es una comedia negra de terror que critica sin complejos la vida suburbial estadounidense: toma los tópicos de tantas otras películas más serias (la familia con problemas pero que se quiere, la esposa sensible e inteligente, el marido buena persona pero incapaz de comunicarse, los chavales que se meten en líos con la bici, el despertar de la adolescencia) y los estrella contra unos reptiles hambrientos. La otra es una aventura familiar nostálgica de los ochenta, de humor blanco y final feliz, que se toma completamente en serio esos mismos tópicos de los que la primera se ríe. El problema es que nunca sabes en cuál de las dos estás: no queda claro si es una comedia negra narrada con cara de póquer o, sencillamente, una película con un guion irregular. Esa ambigüedad, que en otro cine sería un hallazgo, aquí se siente más como indecisión que como estrategia.
Ese desajuste de tono contamina hasta la música. La banda sonora corre a cargo de Michael Giacchino, un compositor que me gusta y que aquí, sin embargo, encaja pobremente sobre el conjunto: subraya la épica y la emoción de la película sincera justo cuando la película sarcástica pedía otra cosa, y el resultado es un acompañamiento que rara vez parece estar en la misma sintonía que las imágenes.
No todo son objeciones, ni mucho menos. La brevedad es una virtud enorme y, además, inteligente: Mitchell usa el hecho de manejar tópicos ya vistos mil veces para no tener que explicar casi nada. Da por hecho que el espectador conecta de inmediato con unos personajes y unas situaciones que le resultan familiares, y con eso ahorra metraje y va directo al grano. En lo formal, la película luce: Mike Gioulakis, director de fotografía habitual de Mitchell desde It Follows, vuelve a sacar partido de los grandes angulares, los planos secuencia largos y la lente de dioptría partida para construir secuencias de amenaza que respiran. Los dinosaurios están recreados con competencia (más viejos y aviares que los de la franquicia jurásica), aunque conviene admitir que tantas entregas de Parque Jurásico han desgastado un poco el indudable poder de fascinación que estas criaturas tenían en pantalla. Aun así, y seré justo, esta me ha gustado más que todas las películas jurásicas que he visto salvo la primera de 1993.
En el reparto la cosa queda correcta pero desigual. Anne Hathaway (Denise Platt) me gustó: consigue dotar de cierta personalidad a un personaje esquemático y sostiene con oficio la parte emocional. Ewan McGregor (Greg Platt) está en el extremo opuesto; da la sensación de que ni siquiera intenta insuflar vida a su marido gris, que por momentos resulta más paródico que verosímil. Los hijos, a cargo de Maisy Stella y Christian Convery, cumplen dentro de un relato que los quiere más como piezas del mecanismo de supervivencia que como personajes de pleno derecho.
Lo mejor de la película, con diferencia, es su ritmo alto una vez que la acción arranca. Ahí Mitchell demuestra que sabe lo que hace: la maquinaria se pone en marcha, los sustos llegan con precisión y esa hora de supervivencia frenética justifica buena parte de la entrada.
The End of Oak Street me ha parecido entretenida, pero no una buena película. Es un divertimento eficaz, ágil y con un puñado de virtudes reales, lastrado por una indecisión de tono que le impide ser ni la sátira afilada ni la aventura emocionante que apunta a ratos. Mitchell sale del envite con el oficio intacto, pero uno se queda con la sensación de que el corsé del gran blockbuster le ha impedido firmar la película personal que sabe hacer. Ojalá su próximo proyecto le devuelva la libertad de It Follows o Under the Silver Lake.
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