Zach Cregger reinicia la franquicia Resident Evil con una comedia de terror trepidante que cambia por completo el punto de vista de la saga: un mensajero corriente atrapado una noche en Raccoon City. Sostenida por un Austin Abrams inmenso, es una manera estupenda de volver a empezar y deja el terreno abonado para cualquier tipo de secuela.

Tengo que empezar confesando que nunca he sido un gran fan de la franquicia Resident Evil. Vi la primera película de la saga, que me pareció una cinta de acción con notas de terror bien realizada, y alguna de sus muchas continuaciones, que me dejaron más bien indiferente. En cambio, sí soy fan de Zach Cregger. Weapons me gustó mucho por cómo mezclaba el terror, la comedia y un cierto comentario social de fondo, y por la manera en la que encajaba los distintos puntos de vista en el puzle de su historia. Así que entré a ver este nuevo Resident Evil más por el director que por la marca, con curiosidad por ver qué haría alguien con su sensibilidad con una franquicia tan explotada.
La película, que Cregger escribe junto a Shay Hatten a partir de los videojuegos de Capcom, es un reboot en toda regla que no guarda relación argumental con las entregas anteriores. Rodada en Praga para formato IMAX, con un presupuesto de 75 millones de dólares, se estrenó el 18 de septiembre y ha funcionado de maravilla: más de 216 millones de dólares en todo el mundo, el mejor primer fin de semana de la franquicia en Estados Unidos y unas acogida crítica magnífica.
Bryan Hodukavich (Austin Abrams) es un mensajero de material médico con una vida corriente, muy alejada de cualquier peligro. Una noche le toca un encargo aparentemente rutinario: llevar al hospital un paquete con gran urgencia. El problema es que ese encargo lo coloca justo en medio del estallido de un brote en Raccoon City, donde los infectados mutan y se fusionan en formas cada vez más grotescas. Su paquete resulta ser clave para dos científicos de Umbrella, Carl (Zach Cherry) y Paul (Paul Walter Hauser), que trabajan en una cura acompañados por Maxine (Kali Reis), agente de seguridad de la corporación. Y Bryan, sin ninguna preparación para algo así, tendrá que atravesar la ciudad para entregarlo.
Lo primero que me parece un acierto es precisamente ese protagonista. En lugar de un héroe de acción o una experta en combate, Cregger nos da un tipo normal, sin grandes habilidades prácticas ni de lucha, y eso acerca muchísimo al espectador a lo que está pasando. Cada amenaza se vive como la viviríamos nosotros: con torpeza, con improvisación y con bastante pánico. La película transcurre íntegramente en una sola noche y su trama se reduce, en el fondo, a seguir las vicisitudes de Bryan con un único objetivo: entregar el paquete y sobrevivir. Se estructura casi como una sucesión de misiones, con escenarios como una autopista, una granja, un túnel, una casa o el hospital, y con amenazas que van creciendo como los «jefes» de un videojuego mientras la munición escasea.
Cregger ha hecho una comedia de terror, o una película de terror con mucha comedia, según se mire. Y lo que más mérito tiene es que el humor funciona tan bien como el terror, algo nada fácil. Además, las transiciones de uno a otro son a menudo súbitas, y pasamos de la carcajada al sobresalto (o al revés) en cuestión de segundos sin que la película pierda el control del tono. Algunos críticos han visto en ese vaivén una fórmula repetitiva o mal calibrada con la crudeza de lo que se muestra; no es mi caso. A mí me pareció que esa alternancia es justamente lo que mantiene la película viva y la distingue de todo lo que la saga había hecho hasta ahora.
Más que adaptar la trama de los juegos, Cregger parece haber preferido trasladar la sensación de jugar a un Resident Evil. Lo hace con inteligencia, aprovechando la puesta en escena para dar esa sensación de videojuego, con planos en primera persona o con la cámara situada a la espalda del protagonista, en contados momentos de tensión, pero sin abusar nunca del recurso. El aspecto visual también me gustó mucho: la fotografía de Dariusz Wolski aprovecha la nieve y la luz invernal, con los rojos y azules de las luces de policía rebotando en ella, para dar a Raccoon City una atmósfera muy reconocible. Y el diseño de las criaturas, grotesco y con el presupuesto bien visible en pantalla, está a la altura.
Pero si hay algo que sostiene la película es Austin Abrams, que firma un papel antológico. Lleva el peso de toda la historia, a menudo hablando solo, y demuestra unas grandes dotes para la comedia, pero a la vez consigue transmitir muy bien al público las dificultades y el miedo de su personaje. Sin él, la propuesta no funcionaría. Los secundarios, en cambio, quedan bastante en segundo plano: Zach Cherry y Paul Walter Hauser cumplen como pareja de científicos en clave cómica, pero sus personajes están poco desarrollados y sirven sobre todo como engranaje de la trama.
Ese es también el principal punto débil de la película: tiene poca historia. A través de llamadas y mensajes, Cregger intenta construir un cierto trasfondo para Bryan, una vida fuera de esa noche, pero esa parte está tan poco desarrollada que acaba pesando menos de lo que debería. No es grave, porque el planteamiento es deliberadamente sencillo, pero se nota. Precisamente por eso creo que la duración, de poco más de hora y media, es la correcta. Mucho más y la falta de una historia de fondo se habría hecho evidente.
Resident Evil me ha parecido una manera estupenda de reiniciar la franquicia. Cregger la aleja por completo de la perspectiva inicial, la de los héroes de acción enfrentándose a hordas de zombis, y plantea una nueva dirección que deja el mundo abierto a cualquier tipo de secuela. No es una película perfecta, y quien busque un argumento elaborado o fidelidad absoluta a los juegos quizá salga decepcionado, pero es divertida, tensa y está llena de personalidad. Recomendable tanto para los aficionados a la saga como, sobre todo, para quienes, como yo, nunca lo fueron demasiado.
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