Christopher Nolan se atreve con Homero y firma una de sus películas más grandes. *La Odisea* es una adaptación libre en el fondo que usa el viaje de Odiseo para hablar de las consecuencias de la guerra, del trauma del que vuelve y de una civilización que se traiciona a sí misma.

Christopher Nolan es, seguramente, el director capaz de mover más público hacia una sala apostando por el cine espectáculo sin renunciar a la ambición. Su filmografía va del rompecabezas de Memento al vértigo de Origen, de la tragedia bélica contenida de Dunkerque a la epopeya emocional de Interstellar, y siempre con una obsesión por la escala física de la imagen. Por eso, cuando supe que se enfrentaba nada menos que a Homero y que lo hacía con el primer largometraje rodado íntegramente en IMAX 70 mm, entré a verla con unas expectativas altísimas y algo de temor: adaptar La Odisea es una de esas empresas en las que es facilísimo estrellarse. Salí convencido de haber visto una de las mejores películas de Nolan.
La Odisea llegó a las salas en julio de 2026 precedida de una recepción crítica arrolladora: marcó el porcentaje de aprobación más alto de toda la carrera de su director. Pero como suele pasar con Nolan, también de un puñado de detractores muy ruidosos. Con casi tres horas de metraje, un reparto encabezado por Matt Damon y Anne Hathaway (pero donde cada personaje está interpretado por un actor conocido) y la partitura de Ludwig Göransson, la película se presenta como el proyecto más monumental de un director que ya nos tiene acostumbrados a lo monumental.
La historia parte del regreso de Odiseo (Matt Damon), rey de Ítaca, tras la caída de Troya. Concluida la guerra, el guerrero emprende un viaje por mar que se prolonga durante años, empujado por la cólera de los dioses y por su propio afán de volver a casa. Mientras tanto, en Ítaca, su esposa Penélope (Anne Hathaway) resiste el asedio de los pretendientes que dan por muerto a su marido encabezados por Antínoo (Robert Pattinson). Su hijo Telémaco (Tom Holland) crece a la sombra de un padre ausente. La narración alterna el viaje del héroe y la espera en el hogar, y va desgranando los encuentros de Odiseo con criaturas y hechiceras a medida que la travesía lo pone a prueba.
Nolan hace una adaptación fiel en la superficie y muy libre en el fondo: respeta un montón de detalles del poema, pero usa esa historia milenaria como cimiento para explorar temas que le interesan a él. El primer síntoma está en el propio Odiseo, que es bastante distinto al del clásico. Más que el astuto pícaro de mil ardides, el de Damon es un hombre inteligente y sobre todo reflexivo, despojado del humor y de la soberbia del original. Es una relectura que podría haber traicionado al personaje y que, en cambio, funciona a la perfección: Damon, con su gravedad cansada y curtida, resulta una elección estupenda para encarnar a este héroe agotado que carga con todo lo que ha visto y hecho.
Y es que lo que ha hecho pesa mucho. Esta Odisea es, ante todo, una película sobre las consecuencias de la guerra: la brutalidad, el pillaje y la destrucción puestos al servicio del interés imperialista de unas élites que encarna un Agamenón despiadado. Odiseo no es inocente y lo sabe: se siente responsable de haber imaginado el truco del caballo que precipitó la aniquilación de Troya y de tanta barbarie posterior. De ahí que su viaje sea exterior pero también, y sobre todo, interior. Como tantos soldados que vuelven con el trauma a cuestas, Odiseo no quiere regresar a la guerra pero tampoco sabe cómo volver a casa; sólo cuando por fin está preparado para afrontar lo vivido empieza de verdad el camino de vuelta. Es una lectura del nostos homérico en clave de estrés postraumático que me parece tan lúcida como emocionante.
Sobre ese fondo, Nolan teje otro de sus temas recurrentes: la tensión entre la responsabilidad y el libre albedrío. Odiseo se echa a la espalda el peso de sus actos y del bienestar de los hombres a su cargo, empeñado en ignorar las profecías que le repiten que ya está todo escrito. Y sin embargo, al final, incluso él tiene que abandonarse a la piedad de los dioses para poder volver. Hay también una lectura política que entronca directamente con la actualidad: la de una civilización que alcanza su mayor éxito aparente traicionando sus valores fundamentales, y cómo esa traición es la semilla misma de su decadencia.
Uno de los mayores aciertos es el uso de la mitología. La Odisea tiene que tener dioses y criaturas monstruosas: si no, no sería La Odisea, igual que Troya no era La Ilíada precisamente por prescindir de lo divino. Nolan resuelve el dilema poniendo en primer plano a las criaturas (magníficamente creadas) y relegando a los dioses a un discreto segundo plano. El único que aparece es Atenea (Zendaya), como visión ocasional de Odiseo; Zeus se manifiesta en forma de truenos y Poseidón en mares embravecidos. Es una decisión elegantísima, que mantiene el aliento mítico sin caer en el pastiche. El episodio de la isla de Circe (una Samantha Morton sencillamente increíble) contiene una secuencia cercana al body horror que pone los pelos de punta, y de paso subraya la naturaleza voraz de los hombres de Odiseo y su connivencia con esa voracidad.
En lo formal, la película es apabullante. La escala IMAX 70 mm no es un capricho: hay planos que solo se sostienen por esa monumentalidad, y la banda sonora de Göransson acompaña con enorme rango los muchos tonos del relato, del estruendo épico al lamento fúnebre. La fotografía de Hoyte van Hoytema ha dividido a la crítica por su paleta oscura y monocromática; a mí me pareció coherente con la aspereza de lo que se cuenta, aunque entiendo a quien la encuentre reiterativa en algún tramo.
El reparto es enorme y desigual, como suele ocurrir en los repartos corales. Damon y Morton están para enmarcar, y Anne Hathaway ofrece una Penélope magnífica: esta Odisea refuerza mucho a sus personajes femeninos, dándoles bastante más agencia que el poema original. El bloque final de los pretendientes es necesario, pero se nota algo más flojo que el resto de la película, y ahí Telémaco queda un poco diluido; Tom Holland me pareció, con diferencia, el eslabón más débil del conjunto.
La Odisea me ha parecido una película soberbia. Un espectáculo colosal que jamás pierde de vista su drama interior y que usa un mito de tres mil años para hablarnos, con una claridad sorprendente, de la guerra, del trauma, de la culpa y del larguísimo camino de vuelta a casa. La coloco sin dudarlo junto a Dunkerque, Origen e Interstellar entre lo mejor que ha hecho Nolan, y eso, tratándose de él, es decir mucho.
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